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Por Guido Gómez Mazara
Vargas Maldonado se juramentó en julio/2009 como presidente del PRD y participó de todas las formas para imponer sus candidatos a la secretaría general y de organización. Aunque son acontecimientos propios del proceso interno no quiero entrar en otros detalles por respeto a los lectores y bajo el compromiso de no afectar la objetividad de un análisis que debe estar por encima de las pasiones propias de los ajetreos partidarios.
Ahora bien, el rol asumido por los dirigentes impuestos en el mando partidario por Vargas Maldonado, después de las elecciones presidenciales del pasado 20 de Mayo, y que los acerca al sector disidente del que encabeza el candidato presidencial en el 2008, son reveladores de las ironías de la vida partidaria. Los tres dirigentes bendecidos por Vargas Maldonado en el pasado se aferraron a "su sentido" de lealtad a la organización. Eso sí, en el razonamiento de Vargas Maldonado, "ese" viraje es asumido como un acto de traición imperdonable. Sea usted el jurado.

La verdad es que la imagen de Miguel Vargas comenzó a erosionarse después de la convención ordinaria del 2009 y los mecanismos implementados para seleccionar los candidatos a representar la boleta blanca en las elecciones del 2010 sirvieron para ir construyendo una fuerza que, en principio, no era totalmente de Hipólito Mejía, pero terminaría trabajando en su favor para cerrarle el paso al arquitecto de travesuras impropias de un dirigente auténticamente democrático.

Cuando las manecillas de reloj marcaron las 8 de la mañana del 6 de marzo del 2011 y los perredeistas iniciamos la convención extraordinaria, Miguel Vargas no lucía un candidato invencible. Errores estratégicos, un viejo orden partidario apostando a sobrevivir, aspirantes excluidos, privilegios irritantes y el riesgo de entregar el PRD a manos extrañas generaron, en el sector que se presumía vencedor, la posibilidad de una derrota como resultado de una alianza perversa entre sectores ajenos al partido e Hipólito Mejía. Como elemento adicional, una vendetta "orquestada" por gente de una hoja de vida llena de decencia: Hugo Tolentino, Milagros Ortiz y Esquea Guerrero.

Uno de los argumentos lanzados por la chismografía partidaria con categoría de "cierto" consistió en toda una historieta donde se me asociaba con Hipólito Mejía y Luis Abinader en la elaboración de un plan para impedir el triunfo de candidatos del partido al senado. Como el argumento oficial era "avanzar en el 2010 para ganar el 2012", si las fuerzas internas adversas a Vargas Maldonado lograban una pérdida de espacios municipales y congresuales, sería una avance táctico para provocar la derrota del ex ministro de obras públicas 2000/2004. Cada vez que escucho semejante disparate, pienso en los viajes y los pequeños aportes a aspirantes, vinculados con Vargas Maldonado, en esa coyuntura que, como Tony Echavarría, Francis Peña, Lucía Alba y Bienvenido Lazala representaron dignamente al PRD en la boleta del año 2010.

Lo único cierto es que un asesor de origen español, conocido por una gran parte de los dirigentes del partido, explicó desde el punto de vista matemático el fenómeno de la volatilidad del voto en el mercado electoral del PRD. Así de sencillo: cuando Vargas Maldonado imponía 4 de 5 aspirantes en una demarcación, debilitaba sus fuerzas y la candidatura contraria se consolidaba de forma automática. Por eso, gana Arsenio Borges, Alberto Atallah, José Miguel Cabrera, Alexis Jiménez, Josefa Castillo y Bertíco Santana en la gran capital. Todos, contrarios al sector de Vargas Maldonado, pero beneficiarios de la lógica de quererlo todo.

Miguel Vargas nunca pensó en resultados adversos. Por eso, su reacción posterior a la convención extraordinaria provocó un extraño comportamiento en todo el proceso electoral. Aunque no es el único responsable de los resultados ha tenido que salir a "defenderse y dar explicaciones" que pudo ahorrarse, con presentarse en dos o tres actos, enviar una señal de que activaba en favor del candidato y reivindicar su condición de presidente del PRD en medio del proceso. No es verdad que la acción de un jefe de partido se puede circunscribir a instalar vallas institucionales o la entrega de recursos que, por tener su origen en la ley, no pueden reputarse como un acto de desprendimiento personal.

Podría quedar inexacto un análisis que reduzca el problema del PRD y el pasado proceso a cargar todo hacia un sector. ¡Eso no es justo ni decente!. Mis afectos por Hipólito Mejía y mis responsabilidades dentro del comando de campaña no obstruyen la posibilidad de ser lo suficientemente crítico para no reconocer otras aristas y errores injustificables.

Sentía que las relaciones entre Hipólito Mejía y Miguel Vargas habían saltado de lo político a lo personal. Ambos dirigentes poseen un arsenal de argumentos que marcó distancias, amplificadas por tres o cuatro colaboradores capaces de colocar en labios de ambos impugnaciones que dificultaban una aproximación. Esa fatalidad ha sido el común denominador de una generación de perredeistas que no alcanzaron el poder debido a una forma de competir donde los insultos sustituyen el debate racional y respetuoso. Y cuando la discusión política no exhibe una carga ideológica y programática termina creando las bases de distancias insalvables entre los competidores.

Nunca escuché un plan en ese sentido. Ahora bien, la posibilidad de una integración real a la campaña de Vargas Maldonado no se concretizó como resultado de tres factores esenciales: 1- Sentía que los espacios de su grupo no estaban garantizados en un futuro gobierno. Por eso, importantes figuras de su entorno iniciaron un rápido desplazamiento al comando de campaña por sus compromisos partidarios y convencidos de que su contribución e integración eran garantía de un decreto. En lo inmediato, disminuyeron políticamente al que podía negociar por ellos al obtener 47% en la convención. 2- Miguel Vargas, ante la reacción de una parte importante de sus íntimos se sintió débil y pretendió ganar control partidario presentando la propuesta de mantenerse en la dirección del PRD. Para él, lo válido era atrincherarse porque olfateaba un ambiente de hostilidad y decapitación frente a resultados favorables al candidato Hipólito Mejía. 3- En un escenario de cerrada competencia entre los candidatos del PLD y PRD, el recurso de negociar una renuncia del candidato vice-presidencial estuvo en la mesa. El grave problema lo constituía la personalidad de Mejía y Vargas. El primero se torna primitivo ante los compromisos políticos y en su lógica de actuación creía traicionar a Luis Abinader. Ahora bien, el segundo, nunca dejaba las cosas claras y su deseo de ser compañero de boleta se veían y podía olfatearse, pero un vano orgullo nunca le permitió pedirlo con franqueza. Además, el emisario que hacía la propuesta pública no poseía el grado de legitimidad para hacer creíble el poco escondido deseo de conseguir un premio como segundo al turno.

Con Luís Abinader no se hace justicia. Los cercanos a Vargas Maldonado pretenden culparlo por "no ceder". Y su lógica de actuación me parece correcta porque, su aparición en la boleta, expresaba un deseo de posicionamiento futuro y no podía abrirle la cancha al que considera uno de sus potenciales competidores. Ese es un razonamiento clásico en la lucha partidaria. Aunque el que reflexiona las razones del triunfo de Hipólito Mejía y Leonel Fernández encuentra una extraña coincidencia: ambos cedieron en dos oportunidades sus espacios electorales. Dice un refrán popular, "la yerba que está para un burro, no hay otro que se la coma".

Aun con las diferencias, el éxito pudo alcanzarse. Las dificultades ocuparon mayor espacio cuando no establecimos que el foco de la contienda debió concentrarse en derrotar a Danilo Medina.

Danilo Medina e Hipólito Mejía tienen excelentes relaciones personales y desde el comando de campaña del PRD se invirtió más tiempo atacando al que no era competencia: Leonel Fernández. Y eso siempre tiene su riesgo porque en sociedades como la nuestra donde lo clientelar tiene un terrible peso en los procesos electorales, subir al ring al primer ejecutivo y darle cuerda, le obliga a utilizar todos los recursos del poder a favor de su candidato. Además, el insistente discurso ético del candidato del PRD generó nerviosismo en gente del PLD que no quería repetir los procesos judiciales 2000/2004, y el espíritu de cuerpo los unificó alrededor de Danilo Medina. Para una parte de los peledeistas, el candidato de su partido era la tabla de salvación frente a futuros procesos judiciales.

Hasta el mes de marzo no se sintió la ofensiva del gobierno. A partir de los últimos 45 días la presencia del PLD unificado se tradujo en acciones oficiales donde la institucionalidad se desbordó, y todo un país, observó a guardias y policías activando, funcionarios de la JCE actuando como cuadros políticos y compra masiva de dirigentes. A eso, se le sumó un salto de dirigentes del PRD cercanos a Vargas Maldonado hacia la candidatura del PLD que, con la estructura mediática del gobierno, causó cierto daño, pero el verdadero efecto sedicioso se concretizó cuando "otros" prefirieron quedarse operando desde adentro y participaron vulgarmente en la operación de las últimas dos semanas.

Finalmente, el candidato cargó muy pesado en la campaña y muchos de los incidentes que sirvieron para atacarle se pudieron evitar debido a que Hipólito Mejía se exponía demasiado en escenarios donde los adversarios de su candidatura eran dominantes. En principio ganaba la batalla de representar el cambio, pero la abrumadora publicidad oficial junto a la falta de comprensión de algunos seguidores afanados por hacer del proceso electoral un ejercicio de activismo y promoción personal fue ambientando la idea de que volvían los mismos.

Cada vez que la presencia en medios de comunicación o en la cercanía del candidato aparecían los rostros "de siempre" provocaban un cortocircuito con un mercado electoral integrado mayoritariamente por jóvenes afectados por el alto índice de desempleo y desconectados de las luchas fratricidas del PRD en los años 80s. Inclusive, una parte de esos electores no recordaban con exactitud las quiebras bancarias y su impacto en la economía dominicana.

No puedo describir las luchas que sostuve en mis ámbitos de trabajo cada vez que luchaba por colocar a profesionales nuevos o intelectuales destacados cerca de Hipólito Mejía. Los odios en mi contra se multiplicaban, porque en el PRD existe una falsa idea de que, aparecer en las fotos con el candidato y acompañarlo en los recorridos, representaba la garantía de salir premiado con una designación en el gobierno. ¡Craso error! Cuando los boletines de la poco imparcial Junta Central Electoral oficializaron los resultados, una parte importante de la sociedad interpretó que el hastío y la inconformidad que se expresaba en las calles no se tradujeron en el triunfo de Hipólito Mejía. Ahora bien, las causas de por qué no ganamos tienen muchas aristas, pero las asociadas intrínsecamente al PRD residen en la naturaleza fratricida de una generación de dirigentes y en cómo las agendas individuales no pueden marcar el futuro de un partido que, si quiere aprender de sus errores, está obligado a no repetirlos.

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Darwin Feliz Matos
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