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(2-3)
Cumpliendo mi compromiso del pasado sábado, trataré de enfocar la corrupción con mi subjetividad un poco frenada, aunque los calificativos y la ira terminan por clamar, espero que no sea en el desierto.
Intentaré disecarla como al sapo repugnante que es, para que mis lectores observen y juzguen su cerebro perverso, sus intestinos repletos de todo lo que nos pertenece y ella se traga glotonamente. Quiero creer, todavía, en esa parte de la epidermis social dominicana que no se ha encallecido, que tiembla y vibra frente a lo monstruoso cuando se hace evidente.
Parto, como en una clase tradicional, por definir la corrupción, ampliando los límites que la circunscriben exclusivamente a los políticos y funcionarios.
Porque es un fenómeno viscoso que ha permeado tanto la sociedad como el Estado, elijo la definición que comparten Yves Meny y Zuloaga Nieto: “Los comportamientos sociales, individuales o colectivos transgresores de los estándares normativos, de las sociedades y sistemas”.
En el sector público es más grave, puesto que, como recuerda Adela Cortina, “el imperativo ético de funcionarios y gobernantes es subordinar los intereses particulares al interés general, expresado en la Constitución y las leyes”. Escribiendo esta cita, me crispo; recuerdo los juramentos que gobernantes y funcionarios  hacen al tomar posesión de sus cargos, y las violaciones que luego hacen de todas las leyes desde el poder.
Trueque al fin, porque no puede haber corruptos sin corruptores, la corrupción no se limita al ámbito de lo público. En el sector privado, contrario sensu al principio que debe regir al Estado, se acepta la prevalencia del interés particular. Pero también ahí, estos intereses deben someterse al respeto a las leyes que regulan las actividades privadas.
Soy política, sufro por tanto al confesarlo: aquí, y ahora, lo que predomina y se extiende como la verdolaga es la corrupción político-administrativa, que se completa y se agrava, para hacerse una hipercorrupción sistémica, con la legislativa y la judicial: Montesquieu tiembla desde la tumba ante esta disolución corrupta de los tres pilares sobre los que él estableció la institucionalidad.
Los signos son visibles, hasta Santo Tomás con su escepticismo admitiría la comprobación: personas que conocimos tan pobres, que sin heredar nada y sin más empresas que las que crea su pérfido ingenio ordeñando la vaca del Estado, se transforman de unos días para otros en “tutumpotes de pescuezo largo”. ¡Ay, don Juan, cuánta traición a tu ejemplo y a tu prédica!
Como el título de un libro religioso cuya lectura me impactó, en este país hay, en cuanto a corrupción político-administrativo se refiere, “evidencias que exigen veredictos”.
Vemos las jeepetas último modelo, las villas, los relojes Cartier, la apariencia cambiada por “lifts”, “spas”, bariátricas caras, peluquines de calidad; la soberbia en la exhibición de la inexplicable opulencia. Los que tocamos con las manos físicas y con nuestras convicciones aún no encallecidas, la miseria que aumenta a la sombra de un “crecimiento económico” que sólo se reparte arriba, nos indignamos. Las voces valientes de Nuria y Alicia se oyen adelantándose, oriflamas de decencia y honor, convocándonos.
Pero, como presentía mi padre en 1968, lo anormal se ha vuelto normal, la cultura de la corrupción ha aceptado que el Estado se convierta en un botín político. El actual candidato del PLD, Danilo Medina, dijo en el 2008, en su derrota interna frente a Leonel, una frase que querría no haber pronunciado: “Me venció el Estado”. Porque son los mismos, la acción estatal “dadivosa”, léase y clientelista se repite ahora a favor del propio Danilo.
Aunque todavía algunos la exijamos, la corrupción sistémica frena la acción judicial; hemos perdido la cuenta de cuantas denuncias se han depositado en el organismo de título pomposo que dirige un peledeísta de nombre exótico que no ha incoado ni una de las condignas acciones jurídicas. Y el Congreso Nacional, controlado a fraudes y sobornos por el PLD, no ejercen el derecho y el deber constitucionales de exigir de los funcionarios la rendición de cuentas prevista en la ley.
En otros países “evidencias” mueven la acción de la justicia, y producen veredictos. Aquí, corrompiéndose el Estado en todos sus poderes, ¿Qué Hacer?
Como el título del libro que me obsequió recientemente la Fundación Friedrich Ebert: “vamos a portarnos mal”. O sea, utilicemos la libertad de expresión que nos queda, y protestemos. Las protestas sociales que se desarrollan dentro de las leyes, precisamente para que se cumplan, son expresiones legítimas de la democracia.
He llamado a estas entregas “El huracán Corrupción”.
En verdad, debo aclarar que los huracanes son fenómenos naturales que pueden predecirse pero no evitarse la corrupción, aún la sistémica, es una actividad humana, por ende histórica: contrario a los que dicen que no puede liquidarse, yo afirmo: sí es previsible, sí es combatible y castigable. Y sí se puede erradicar. Sobre las estrategias para enfrentarla y vencerla, dialoguemos en la próxima entrega En Plural.

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