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Opiniones y Editorial

Por Ramón Alburquerque



La convención demócrata es un fino ejemplo de organización meticulosa donde cada dirigente ocupa el justo espacio para engrandecer el partido. Se echaron a un lado las diferencias para entronizar la unidad. Las razas perdieron colores y fisonomías creando imágenes de ciudadanos espirituales que buscan la felicidad en la diversidad.



Se proclamó respeto por las opciones sexuales entendiéndose que el mandato de la sana reproducción, no excluye en forma alguna, la fuerza del amor. Se destacaron los atributos regionales, de cada Estado, de cada zona, terminando con la unidad nacional, loando al pueblo estadounidense, fusión de razas inmigradas tras la realización del sueño de prosperidad americano.



No se oyen voces disidentes, ni llenas de amarguras, en cambio, reina la disciplina para que la convención logre la meta de expiar errores que alimenten la potencia de un partido que sabe del compromiso con su pueblo.



La muchedumbre de la convención demócrata parece un robot cuando gira al instinto de los aplausos, al ritmo de la alegría de triunfos pasados, y se vuelve lenta por la tristeza de los grandes ausentes, los abandonados por el sistema, al evocar las luchas femeninas por el derecho a la ciudadanía, y aunque se calle para disimular el dolor, se escuchan grilletes y quejidos de madres pariendo en la tierra en campos de caña y algodón, porque intencionalmente se omite la vergüenza de la esclavitud.



El país más rico de la Tierra celebra una convención reconociendo las debilidades de sus gentes más pobres. Se resaltan más las carencias de quienes no tienen seguros de de vida o de salud que los avances de la NASA. Se hace conciencia de la baja escolaridad de una sociedad post industrial que se siente amenazada, se cantan honras a soldados en guerras odiosas sin negarlas, se abren las puertas a la inmigración del mundo que siempre ha sido la mejor virtud estadounidense.



El orador que nadie pensó escuchar bajó de Montana, a contar con sus modales cosas de las calles, aquel intelectual púlpito tecnócrata fue cedido a Brian Schweitzer, y como siempre, en expresión de sinceridad la concurrencia se puso de pies cuando se sintió interpretada.



El hombre que renunció a la presidencia para evangelizar el planeta es parte esencial de la visión del mundo sano de los demócratas, encarnando el premio Nobel por defensa de la patria de todos, la Tierra, Al Gore, pronuncia discursos silentes por un ambiente sano, libre de ruidos, con agua y aire puros, donde el sol sea la única forma de energía que nos nutra. El clima y la biodiversidad ocupan lugares principales en la defensa del planeta nido de todos.



La economía de guerra condena la humanidad, cada uno de los oradores en la convención demócrata, hizo saber que se acerca el fin del pago, con cuerpos de soldados jóvenes muertos por la venta de misiles, tanques y aviones supersónicos, se delatan los grandes intereses de Washington, esos que diseñan cuotas de bajas anuales, en las guerras inducidas de los cinco continentes.



En la convención se observan rostros variopintos de gente importante y cualquiera, que sintetizan una filosofía distinta para un mundo nuevo, donde la sonrisa simple de un aciano, tenga más contenido que un spot televisivo de una joven hermosa que muestra sus dones divinos.



La convención demócrata nos deja un vacío porque una sociedad casi enteramente blanca y aquejada por siglos de esclavitud proclama un afroamericano, un negro, a su líder, escogido por la inteligencia de su pensamiento, por el ejemplo de su lucha, por la autenticidad de su alma, y aquí, en el centro de El Caribe, un hombre murió después de ganar varias veces la presidencia, sin ser jefe de estado, por llevar las sombras de las noches asidas a su piel, ¿comprenden por qué me duele, ver la convención demócrata?



El trabajo habrá de continuar por el pueblo y el PRD aunque en medio de nostalgias y añoranzas infinitas.