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CARTA DE UN MUERTO



Hola Juan T. H. ¿Cómo estás? Espero que bien, aunque por lo que veo desde el cielo, las cosas van de mal en peor. Yo estoy bien. Estoy muy agradecido del recibimiento que me dio don Pedro al abrirme las puertas del cielo. Esto es una maravilla.
No hay apagones, ni escasea el agua.
La comida es abundante y uno puede comer lo que quiera. Pensándolo bien, debieron haberme matado antes. De haberlo sabido que esto era así me hubiera suicidado. ¿Tú sabes los problemas que yo pasé en ese paisito nuestro?
Tú no tienes idea de las veces que me acosté sin probar un bocado en todo el día, lo que tuve que hacer para vestir y para estudiar. No te imaginas todo lo que pasé. Venir aquí ha sido lo mejor que me ha pasado. Aquí en el cielo todo es bueno, nada es malo, salvo que en ocasiones dos o tres tigueres hacen sus diabluras que molestan al Señor, pero San Pedro, que es una macana, los pone en su lugar.
Y el que no obedece es enviado el purgatorio, donde el fuego es eterno y donde no hay de nada. El infierno, según me han dicho, es el lugar más parecido a la República Dominicana.

Juan, después de haber luchado mucho, trabajando día y noche todos los días como un esclavo, logré salir de la pobreza extrema, me gradué en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en la época en que Roberto Santana era el líder de Fragua y de la Federación de Estudiantes Dominicanos. Nunca me involucré en política. No me gustó el PRD ni el reformista.
La izquierda me pareció absurda. Era un gran admirador del doctor Peña Gómez y del profesor Juan Bosch. Sentía cierta simpatía por su partido, pero jamás milité.

Te cuento que poco después de graduarme me casé con una compañera de la UASD y formamos una hermosa familia. Rápidamente le hice cuatro muchachos. Orgulloso estaba de mi mujer y mis hijos.

Pero un buen día el mayor, que ya contaba 17 años, fue detenido por dos personas que iban en un motor y que se identificaron como agentes de la policía. Para que te cuento Juan. Agarraron al muchacho y le dieron una paliza que lo dejaron por muerto en el cementerio de Ciudad Nueva. Estuvo casi un mes en cuidados intensivos. Y todo para quitarle una cadenita de oro, un reloj barato y un celular de mil 500 pesos.

Después de eso jamás fui el mismo. Mi familia no era la misma. El miedo se apoderó de todos. Prácticamente nos encerramos. Le pusimos candados y cerraduras a las puertas. En las ventanas colocamos hierro. Mi casa era una cárcel. Mi mujer no quería ir ni al cine. Nos compramos un dvd y adquiríamos películas pirateadas.
A los muchachos no les dábamos permiso para salir más que a estudiar. Cada vez que salían los muchachos a cualquier lugar hasta que no llegaban teníamos el corazón en la boca. Estábamos locos de miedo. Las noticias diarias de atracos, robos y crímenes nos crearon un pánico que no superamos nunca. Cuando tomas un periódico la sangre corre a borbotones. Si ves la televisión lo mismo.
Drogas por toneladas llegaban en yates y barcos, en helicópteros y en aviones. Los barrios se convirtieron en puntos enormes de drogas. Las bandas se adueñaron de las calles. Nadie estaba seguro ni en su casa. El país se convirtió, ante los ojos de todos, en un gran mercado nacional e internacional de drogas.

El lavado de dinero proveniente del crimen, formaba parte de las finanzas públicas. Más del 30 por ciento de las riquezas del país era producto de narco, del lavado y del crimen.

Pero el gobierno aseguraba que todo estaba controlado, que trabajaba para que el país se convirtiera en el “uno de los más seguros de América Latina y del mundo”. Pero los barrios seguros eran los más inseguros del mundo. Policías y delincuentes se mezclaban de tal manera que nadie sabía quien era el policía ni quien era el atracador o criminal. Los dos, policías y delincuentes formaban uno.

Cuando llegó el progreso todos empobrecimos. No se como hicieron esa vaina, pero es así. El progreso nos hizo más pobres a todos, menos a ellos que iniciaron una rápida acumulación de capitales. Los impuestos nos condujeron a la pobreza. Nunca entendí ese progreso. La cosa es, Juan T.H que el progreso me llevó a la ruina.
Mi familia se descojonó. Terminé divorciado. Mi mujer se llevó los muchachos a Nueva York. Y de pronto me vi pobre y solo. Perdí el empleo. Los amigos cambiaron de amigo. El carro tuve que venderlo. La casa la hipotequé. Para no perderla la vendí y les di una parte a la mujer y los hijos. No quieras tú saber la depresión que me dio. Casi me suicido. Pensé irme también a Estados Unidos.
Pero alguien me convenció de hacer campaña electoral a favor del gobierno. Repartí funditas, compré cédula en los Guaricanos. En fin, hice de todo. Me dijeron que en agosto, después de la toma de posesión me nombrarían en Aduanas o en un buen consulado para que me recuperara económicamente.
Pero tengo tanta mala suerte, Juan, que estando en un colmado comprando “una pequeña” llegaron dos mozalbetes armados para atracar el negocio. No se como, pero se armó un lío del diablo. No se que pasó, pero de repente me encontré tocando la puerta del cielo. Cuando vi aquel señor con aspecto raro y con más de dos mil año de edad supe que era San Pedro y que yo estaba muerto.

Te escribo desde aquí estas notas porque yo siempre seguí tu trabajo. Leía tu columna en el periódico El Nacional, aunque muchas veces no estaba de acuerdo contigo.

A propósito, Juan, te manda a decir San Pedro que te necesita aquí arriba porque el dirige un periódico que se llama “El Cielo.Com”, donde desea que tú comiences a escribir tu columna dentro de unos días. Así es que, Juan, aquí nos vemos pronto.