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Opiniones y Editorial

LAS PROMESAS DE LEONEL

Por: JUAN T. H.

Durante un espectáculo maratónico donde habló todo el que quiso hablar, donde cantó todo el que quiso cantar, donde aplaudió todo el que quiso aplaudir hasta no poder más por el hambre y por el cansancio, el presidente de la República habló durante una hora y 20 minutos para explicarle al pueblo las razones por las cuales necesita cuatro años más en el Palacio Nacional.
Como siempre el presidente se limitó a prometer progreso y modernidad dentro de un montón de obras que requerirían cientos de miles de millones de pesos y por lo menos diez o quince años para concluirlas.

Mientras el presidente hablaba y hablaba y hablaba y hablaba, yo recordaba a un amigo que su mujer constantemente lo botaba de la casa de mala manera por sus infidelidades y por su irresponsabilidad familiar. Decía que la amaba, pero la pateaba.

Cuando llegaba de madrugada a la casa, borracho y con el aroma de otra mujer, la señora no contenía su indignación y le gritaba toda clase de palabras y palabrotas hasta el hombre se enfurecía y casi la mataba a golpes. Al otro día, los ojos negros por los golpes, las mejillas hinchadas. Tenía que pasarse por lo menos tres días sin poder salir. Los hijos observaban aquel drama sin entender lo que ocurría en su hogar, por qué su padre salía todas las noches y regresaba borracho, por qué los amigos y las parrandas estaban siempre en primer plano. Decía que los amaba a todos, pero los maltrataba.

Cada vez que la esposa se iba de la casa o le echaba la ropa en la calle el hombre se ponía manso como un cordero; se le arrodillaba, le clamaba que por favor no lo dejara, que le diera otra oportunidad; le prometía cambios en su vida y en la casa, que sería amoroso con ella y con los muchachos, que jamás le sería infiel, que dejaría de beber, que jamás le volvería a pegar, que mejor se suicidaba. ¡Palabras!

La mujer lo perdonaba una y otra vez, una y otra vez, hasta que un día el hombre la mató.
Algo parecido ocurre con el presidente de la República. Recuerdo cuando enamoraba al pueblo, su sencillez, su humildad, su pobreza. Con lo poco que tenía compraba flores y hasta escribía poemas. Durante la campaña de 1996 prometió ser un presidente distinto, honorable, serio, incapaz de permitir ni de propiciar un actos de corrupción. Aseguró que haría de la República Dominicana una nación moderna y próspera donde todos tendrían las mismas oportunidades, que acabaría con la pobreza y la marginalidad.

Igual que mi amigo con su esposa, el candidato cautivó al pueblo con su pose y con su verbo. Y lo mudó al Palacio Nacional. Pero tan pronto llegó al gobierno, como mi amigo con su esposa, se olvidó de todas sus promesas..

Tan pronto se encaramó en el poder comenzaron los maltratos, los golpes, las mentiras, el enriquecimiento ilícito, el comesolismo y los insultos. Aquel hombre calmado, que no rompía un plato, cambio radicalmente. Buscó amigos y socios nuevos. Se olvidó de sus palabras y de su poesía. Comenzó a viajar, a conocer otros mundos, a disfrutar de los placeres que ofrece el poder. El pueblo comenzó a sufrir la mayor decepción de su vida. Y como la esposa de mi amigo, propuso el divorcio y lo sacó del Palacio Nacional por cuatro años. Pero el hombre es un mueló. En cotorra no hay quien le gane. Como mi amigo con la esposa, volvió a convencer al pueblo de que lo perdonara. Se arrodilló, lloró, imploró perdón. El pueblo, débil como la mujer de mi amigo, cometió el error de perdonarlo. Lo volvió a elegir presidente, lo acogió en su seno confiado en que esta vez cumpliría sus palabras, que esta vez sería distinto.

Pero al igual que mi amigo con su esposa, esta vez ha sido peor.
Los maltratos son mayores, la pobreza aumenta con los días, los alimentos de primera necesidad suben y suben sin que nadie haga nada, los precios de los combustibles están por las nubes, no hay un chele en la calle, el progreso mil veces prometido solo ha llegado hasta los funcionarios que ganan hasta un millón de pesos mensuales. Contrario a lo prometido el gasto corriente no puede ser mayor, la deuda externa que aseguró sería disminuida ha pasado de diez mil millones en el 2004 a 16 mil 500 millones de dólares, la deuda del Banco Central que era de 89 mil millones de pesos ahora es de 200 mil millones; en impuestos le ha sacado de las costillas al pueblo más de 300 mil millones de pesos que nadie sabe donde han ido a parar, la corrupción no tiene limites. Nadie sabe donde están los 130 millones de dólares de la Sun Land. Nunca se robó tanto en tan poco tiempo. El desempleo ahora es mayor que antes. En pocas palabras, el país está a punto de colapsar, la gente no resiste más atropellos ni más abusos.

El pueblo, como la mujer de mi amigo, ha dicho no más, es hora de acabar con todo esto, es hora de salir de este hombre, no más muela, no más cotorra, ya no coge corte.

Ante esa sabia decisión popular el presidente vuelve donde el pueblo, como mi amigo donde su mujer, a pedir perdón, que le de otra oportunidad, que ahora si se portará bien, que ahora si cumplirá con sus promesas. Y monta un show. Se gasta una fortuna del propio pueblo en luces, sonidos, combos, etc., para que el pueblo lo vea y lo escuche.
Habla y habla y habla y habla, repite las mismas palabras, las mismas promesas, hace otras nuevas, le sube el tono a la demagogia, suda, llora, sonría, levanta las manos, promete, promete, promete, promete, pero no dice nada ni cambia nada. Sus lacayos aplauden y sonríen, pero el pueblo ya tomó su decisión. No quiere que le pase como a la mujer del amigo mío que un día, celoso, la mató.